lunes, 22 de enero de 2018

CONSUELO A UNA MADRE CON PENA

CONSOLACIÓN A HELVIA
-Parte de una carta escrita por Séneca a su madre-
(también podría ser una carta escrita a tu madre)


Lucio Anneo Séneca (en latín, Lucius Annaeus Seneca; Corduba, 4 a. C.-Roma, 65 d. C.), llamado Séneca el Joven para distinguirlo de su padre, fue un filósofo, político, orador y escritor romano conocido por sus obras de carácter moralista. Hijo del orador Marco Anneo Séneca, fue cuestor, pretor y senador del Imperio romano durante los gobiernos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, además de ministro, tutor y consejero del emperador Nerón.
Séneca destacó como pensador, tanto como intelectual y político. Consumado orador, fue una figura predominante de la política romana durante la era imperial, siendo uno de los senadores más admirados, influyentes y respetados; a causa de este extraordinario prestigio, fue objetivo tanto de enemigos como de benefactores. De tendencias moralistas, Séneca pasó a la historia como el máximo representante del estoicismo y moralismo romano tras la plena decadencia de la república romana. La sociedad romana había perdido los valores de sus antepasados y se trastornó al buscar el placer en lo material y mundano, dando lugar a una sociedad turbulenta, amoral y antiética, que al final la condujo a su propia destrucción.

https://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%A9neca

Duble herma of Socrates and Seneca Antikensammlung Berlin 07.jpg
De I, Calidius, CC BY-SA 3.0, 

I. Muchas veces, oh madre excelente, he sentido impulsos para consolarte, y muchas veces también me he contenido. Movíanme varias cosas a atreverme: en primer lugar, me parecía que quedaría libre de todos mis disgustos si lograba, ya que no secar tus lágrimas, contenerlas al menos un instante: además no dudaba que tendría autoridad para despertar tu alma, si sacudía mi letargo; y en último lugar temía que, no venciendo a la fortuna, venciese ella a alguno de los míos. Así es que quería con todas mis fuerzas, poniendo la mano sobre mi herida, arrastrarme hasta la tuya para cerrarla. Pero otras cosas venían a retrasar mi propósito. Sabía que no se deben combatir de frente los dolores en la violencia de su primer arrebato, porque el consuelo solo hubiese conseguido irritarlo y aumentarlo; así como en todas las enfermedades nada hay tan pernicioso como un remedio prematuro. Esperaba, pues, que tu dolor agotase sus fuerzas por sí mismo, y que, preparado por la dilación para soportar el medicamento, permitiese tocar y cuidar la herida.

Además, al leer de nuevo las lecciones que nos dejaron los grandes genios acerca de los medios para contener y corregir la tristeza, no encontraba el ejemplo de alguno que hubiese consolado a los suyos, siendo él mismo causa de lágrimas para ellos. Con esta nueva duda, vacilaba y temía desgarrar antes tu alma que consolarla. ¿Acaso no necesitaba palabras nuevas, que nada tuviesen de común con los ordinarios consuelos del vulgo, aquel que, para consolar a los suyos, levantaba de la pira la cabeza? Y es muy natural que la intensidad de un dolor que excede de la medida común, prive de la elección de palabras cuando frecuentemente ahoga también la voz. Voy a intentar de la manera que pueda ser tu consolador, no porque confíe en mi ingenio, sino porque puedo ser para ti la consolación más eficaz. Al que nunca has negado nada, no te negarás ahora (aunque toda tristeza es contumaz), y espero poner término a tu pesar.

II. Ya ves cuánto me prometo de tu indulgencia: no dudo ser más poderoso para contigo que el dolor, que es omnipotente con los desgraciados. Así, pues, lejos de trabar combate bruscamente con él, quiero ante todo defenderle y alimentarle: despertaré todas sus causas y abriré de nuevo todas las heridas. Dirase: «Extraña manera de consolar, la de recordar las penas olvidadas; colocar el corazón en presencia de todas sus amarguras, cuando apenas puede soportar una sola». Pero reflexiónese qué males bastante peligrosos para aumentar a pesar de los remedios, se curan con los medicamentos contrarios. Voy, pues, a rodear tu dolor de todos sus lutos, de todo su lúgubre aparato; esto no será aplicar calmantes, sino el hierro y el fuego. ¿Qué conseguiré? Que te avergüence, después de haber triunfado de tantas miserias, no saber soportar una herida sola en un cuerpo cubierto de cicatrices.

Lloren largamente y giman aquellos cuyos delicados ánimos enervó prolongada felicidad, abatiéndoles la contrariedad más ligera que cae sobre ellos; pero aquellos cuyos años han trascurrido entre calamidades, soportan los dolores más intensos con inquebrantable y firme constancia. La asiduidad del infortunio tiene algo bueno, y es que, atormentando sin descanso, concluye por endurecer. La fortuna no te dio ni un solo día sobre el que no hiciese pesar la desgracia, ni siquiera exceptuó el de tu nacimiento. Apenas nacida, perdiste a tu madre, o más bien, al venir al mundo, y en cierta manera fuiste arrojada a la vida. Creciste bajo una madrastra, y por medio de la dulzura y cariño que pueden encontrarse en una hija buena, la obligaste a trocarse en madre; sin embargo, nadie hay que no haya pagado caro madrastra aun siendo buena. A tu tío, que tanto te quería, tan excelente y esforzado, lo perdiste cuando esperabas la hora de su llegada. 

Y como si temiese la fortuna herirte menos dividiendo sus golpes, treinta días después llevaste al sepulcro un esposo al que amabas tiernamente y que te había hecho madre de tres hijos. Llorosa como estabas, vinieron a anunciarte nuevos quebrantos con la ausencia de tus hijos: parecía que todos los males se habían puesto de acuerdo para caer a la vez sobre ti, para no dejarte donde reposar tu dolor. Omito tantos peligros y temores, cuyos ataques has soportado y que se sucedían sin interrupción. En otro tiempo, sobre el mismo seno que tus tres hijos acababan de dejar, recogías los huesos de tus tres nietos. Veinte días después de haber dado sepultura a mi hijo, muerto en tus brazos y entre tus besos, oíste que te era arrebatado yo: todavía te faltaba llorar por los vivos.

 III. La herida más grave de cuantas ha recibido tu pecho es esta última, lo confieso, porque no rasgó solamente la piel, sino que penetró en medio de tu corazón y de tus entrañas. Pero de la misma manera que los soldados bisoños vociferan a la herida más ligera, temiendo menos la espada que la mano del médico, mientras que los veteranos, aunque atravesados de parte a parte, se prestan pacientemente y sin gemir al filo del acero como si se tratase de cuerpo extraño; así también debes prestarte tú hoy a la operación. Rechaza de ti los sollozos, lamentos y agitadas manifestaciones que de ordinario lleva consigo el dolor de la mujer; porque habrás perdido todo el provecho de tantos males si no has aprendido aún a ser desgraciada. ¿Ves acaso que te trato con timidez? Nada he suprimido de tus males; todos te los he presentado ante los ojos, haciéndolo con resolución, porque pretendo triunfar de tu dolor y no atenuarlo.

 IV. Y creo que lo venceré, si primeramente te demuestro que nada sufro que pueda hacerme pasar por desgraciado, y menos aún para hacer desgraciados a los que me tocan de cerca; si hablando en seguida de ti, te pruebo que tu suerte no es tampoco más deplorable, puesto que depende por completo de la mía. Te diré en primer lugar lo que tu cariño tiene prisa por saber: que no experimento ningún mal; y si no te convenzo, te demostraré hasta la evidencia que no me son intolerables las penas de que me crees agobiado. Si no pudieses creerlo, mayor razón tendría para felicitarme al encontrar la dicha en medio de cosas que ordinariamente forman la desgracia de los demás. No creas lo que otros te digan de mí: para libertarte de inquietudes por opiniones inciertas, yo mismo te aseguro que no soy desgraciado. Y añadiré, para tranquilizarte más, que ni siquiera puedo llegar a serlo.

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XV. Todos mis consuelos deben dirigirse hacia aquel lado de donde brota con toda su fuerza el dolor maternal: «Estoy privada de los abrazos de mi amado hijo; no gozo de su presencia, de su palabra: ¿dónde está aquel cuyo rostro disipaba la tristeza del mío, en el que depositaba todas mis penas? ¿dónde aquellos coloquios de que me mostraba insaciable? ¿dónde aquellos estudios a los que asistía con más gusto que una mujer, con más familiaridad que una madre? ¿dónde aquellos encuentros y aquella alegría infantil al ver a la madre?»

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Extraído de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


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